Te he llamado una vez más, pero me sigue saliendo ese molesto tono de línea inexistente. Llamo sabiendo que no voy a escuchar tu voz al otro lado, pero da igual, yo llamo, y hablo… y aunque tú no respondas yo sé de sobra cuales serían tus palabras y cómo sería tu risa.
Por más que busco no te encuentro, no sé dónde te has metido. Me dicen que no hay manera de hablar ya contigo, que no volverás. Yo digo que eso no es cierto. Te echo de menos. Necesito tenerte cerca, como antes. Te sigo esperando en el bar, como siempre, pero llega la hora y no vienes. Subo a casa, porque puede que ya hayas llegado, pero no estás. Y me asomo a la terraza, pero no te veo cruzar la calle. La llave gira en la cerradura, pero no eres tú.
Te has ido, sí, pero yo te sigo esperando. Porque aún tengo muchas cosas que contarte y muchas cosas que reír contigo.
Yo no sé si te va a llegar mi carta, porque me dicen que no existe el lugar donde te has ido en su lista de reparto.
Te cuento un poco como van las cosas por aquí, sin ti. Ahora estamos mal, pero ella es fuerte, más de lo que todos pensábamos. Sigue ahí, al pie del cañón, con una tristeza enorme, pero sin abandonar del todo su día a día. Te quiere mucho. No me lo dice, pero seguro que a ti sí. Escúchala y ayúdala a salir adelante, y quiérela como siempre lo has hecho. Porque la has hecho muy feliz, a ella y a todos.
Quizás nunca había pensado en ello, pero ahora me doy cuenta de lo hermoso que era todo cuando estabas aquí. Tus enfados, tus risas, tu sentido del humor, ese carácter por el que más de una vez me enfadé contigo, tus consejos, tus rarezas…
Todo eso, sin saberlo, ocupaba tanto espacio en mí que ahora…
Con tus mil defectos y con tus mil virtudes, no podría haber pasado mis casi 42 años con nadie mejor que tú.
Feliz día, mi niño.